lunes, diciembre 26, 2005

Vías de escape

Empezar un lunes, siempre es difícil. Sueño, pereza, aburrimiento, desidia, desmotivación, cansancio, escasas ganas de soportar a nadie. Vamos, que porque hay que vivir de algo, que si no, iba yo a estar ahora aquí. Hay gente que tiene la gran suerte de trabajar haciendo lo que más le gusta (a mí me gusta lo que hago, pero me gusta más hacer otras cosas....), y encima los hay que, además, de hacer lo que les gusta, lo hacen como hobby, de forma que curran porque no tienen mejor cosa que hacer, porque no necesitan el dinero y en casa se aburren... Aún en ese caso, yo vendría a currar un par de horas por las mañanas, y no todo el puto día en el oficina...

Sin embargo, para los que el comienzo del día siempre tiene tintes desalentadores, podemos refugiarnos en la televisión, el cine y para los que podemos, en los amigos. Los dos primeros van con ironía, el tercero, no.

El cine ha constituido, de siempre, una vía de escape, una dosis de morfina para la vida real. La única diversión de los domingos sin fútbol (para un colega, es la novia...), de las tardes de invierno en las que ni los perros van por la calle, o las de verano en las que las ranas iban con cantimplora. Pero el cine ha dejado de ser un refugio para convertirse en algo de lo que refugiarse.

Las bazofias que se proyectan hoy en las salas, los altos precios y lo que cuesta encontrar aparcamiento hace que los más apasionados de este arte huyamos despavoridos, dirigiéndose en desbandada hacia los bares de copas, donde por lo menos tienes la suerte de ver mujeres por las que venderías tu reino.

Con la televisión ocurre lo mismo; antes era el centro gravitatorio de las reuniones de familia; ahora, es un agujero negro por el que se pierde nuestro tiempo, nuestra imaginación y nuestro buen gusto (el poco que tengamos). Ni una serie decente, ni una película no revenida, ni un programa entretenido. Ni ver a Soraya y a Edurne consuela, salvo que quites el volumen del televisor.

El desorbitado coste de los productos de ocio (restauración, boleras, cines, centros de ocio en general...), han contribuido más al crecimiento de los bares (de todo tipo) que el propio alcoholismo de sus clientes. La gente va a los bares en busca de refugio para su propia vida, escapando de sí mismos y de los demás. El alcohol es una droga barata (más que una partida de bolos...) y que garantiza la misma o superior diversión (tan artificial en un caso como en otro). Los bares están al alcance de cualquiera, y por eso son tan solicitados en momentos de crisis existenciales; ninguno sabemos quiénes somos, ni de dónde venimos, pero sí a dónde vamos; a los bares, de eso no hay duda alguna.

Así pues, ante este panorama, y en vista de que para lo único que sirve la Navidad es para fomentar un consumismo sin escrúpulos (que nadie se engañe, hasta el comunista consume, y si regalamos es para quitarnos de encima la tremenda losa del remordimiento....), siempre nos queda la familia, y los amigos. Con los amigos, la vía de escape se convierte en modo de vida, y las tensiones en risas nerviosas. Discusiones sin nada que perder; de fútbol, basket, mujeres, coches y más mujeres, algo de política, mujeres, sexo, y amigos. La salsa de la vida.

Por ello, aún cuando me cuesta levantarme por la mañana, y aún cuando ni mis antiguos aliados (cine, televisión, ocio....) me hayan abandonado (¿para siempre?), siempre me queda mi partida a la play con mi hermano, y mis innumerables noches en el Sprint comprando algo de comer.

Seguiré cansado, aburrido, desasosegado, nervioso, impaciente e irritable por las mañanas, pero ya empiezas a tener clara la realidad de la que quieres escapar, y las vías que puedes utilizar.

TBB