Apeaderos
En el largo viaje de la vida, río abajo hasta el mar, encontramos obstáculos, corrientes, apeaderos y compañeros. Los primeros son inevitables, y parte misma del viaje. Saber enfrentarse a ellos y salir airoso (o no) una prueba más. Las corrientes te llevan a un lado o a otro, y se puede luchar contra ella remando en la dirección que desees o dejarte llevar sin más. Las corrientes te conducen por senderos distintos para llegar al mismo sitio. Son como los caminos que cada uno tomamos, distintos todos ellos, pero que nos llevan a confluir en el mismo mar.
Los apeaderos son áreas de descanso en medio de tortuoso camino. En esos apeaderos encuentras a otros viajeros que en ese momento toman el mismo camino que tú, y algunos de esos peregrinos se convierten en compañeros, más o menos efímeros, que reanudarán el camino contigo, bajándose en la siguiente estación, o acompañándote hasta el final de tu viaje.
Los compañeros, los apeaderos, los obstáculos y las corrientes son parte de tu vida. Unos más influyentes que otros, unos más determinantes, otros más prolongados en el tiempo. No puedes predecir que obstáculos, pruebas o retos vas a tener que hacer frente y superar. Sólo puedes elegir cómo mirarles de frente y no rendirte jamás. Los apeaderos no son fijos, sino que varían en función de tu camino, y llegar a ellos te sirve para planificar tu viaje en mejores condiciones; descansar y prepararte para continuar. Las corrientes van y vienen, impredecibles y aleatorias. Sólo hay que saber cuando remar y cuándo dejarse llevar. Los amigos hay que saber conservarlos... y también aprender a perderlos. Porque perder forma parte de vivir. Llorar es sólo un reflejo del agua que salpica al remar. Arrepentirse sólo es mirar atrás. Ni arrepentirse ni llorar. Sólo recordar para no olvidar.
Y alguno de esos compañeros se unen a tu viaje en tu misma barca, utilizando los mismos apeaderos, sufriendo los mismos obstáculos y dudando ante las mismas corrientes. La fuerza que permite uniros en eses devenir tiene distintos nombres; amor, interés, necesidad...
Lo importante pues, es saber elegir, y valorar. Saber afrontar y decidir. Sé capaz de mirar a la cara a las adversidades, dominando el sentimiento y la lágrima. Sé capaz de tomar decisiones dolorosas, pero necesarias. Afronta tus miedos, el dolor y la necesidad. Sé capaz de remar a contracorriente. Sé capaz de aprovechar el tiempo, y valorar el que se te ha dado. Sé capaz de tender la mano al compañero. Sé capaz de decir adiós. Sé capaz de olvidar. De perdonar. De aprender a vivir para saber morir. Y es que lo más difícil de vivir es la vida misma.
Las personas van y vienen, como las corrientes, los obstáculos y los apeaderos. Lo que dejan permanece en ti, y se hace inmortal.
Arthur Schnitzler dijo que las despedidas siempre duelen, aun cuando haga tiempo que se ansíen. Decir adiós es parte de lo que a cada uno le toca vivir. Y después de cada despedida siempre queda un hueco, un vacío que debemos aprender a llenar, con nuevos compañeros y nuevas ilusiones. Nuevas alforjas para el resto del viaje.
TBB
Para Sergio.
Los apeaderos son áreas de descanso en medio de tortuoso camino. En esos apeaderos encuentras a otros viajeros que en ese momento toman el mismo camino que tú, y algunos de esos peregrinos se convierten en compañeros, más o menos efímeros, que reanudarán el camino contigo, bajándose en la siguiente estación, o acompañándote hasta el final de tu viaje.
Los compañeros, los apeaderos, los obstáculos y las corrientes son parte de tu vida. Unos más influyentes que otros, unos más determinantes, otros más prolongados en el tiempo. No puedes predecir que obstáculos, pruebas o retos vas a tener que hacer frente y superar. Sólo puedes elegir cómo mirarles de frente y no rendirte jamás. Los apeaderos no son fijos, sino que varían en función de tu camino, y llegar a ellos te sirve para planificar tu viaje en mejores condiciones; descansar y prepararte para continuar. Las corrientes van y vienen, impredecibles y aleatorias. Sólo hay que saber cuando remar y cuándo dejarse llevar. Los amigos hay que saber conservarlos... y también aprender a perderlos. Porque perder forma parte de vivir. Llorar es sólo un reflejo del agua que salpica al remar. Arrepentirse sólo es mirar atrás. Ni arrepentirse ni llorar. Sólo recordar para no olvidar.
Y alguno de esos compañeros se unen a tu viaje en tu misma barca, utilizando los mismos apeaderos, sufriendo los mismos obstáculos y dudando ante las mismas corrientes. La fuerza que permite uniros en eses devenir tiene distintos nombres; amor, interés, necesidad...
Lo importante pues, es saber elegir, y valorar. Saber afrontar y decidir. Sé capaz de mirar a la cara a las adversidades, dominando el sentimiento y la lágrima. Sé capaz de tomar decisiones dolorosas, pero necesarias. Afronta tus miedos, el dolor y la necesidad. Sé capaz de remar a contracorriente. Sé capaz de aprovechar el tiempo, y valorar el que se te ha dado. Sé capaz de tender la mano al compañero. Sé capaz de decir adiós. Sé capaz de olvidar. De perdonar. De aprender a vivir para saber morir. Y es que lo más difícil de vivir es la vida misma.
Las personas van y vienen, como las corrientes, los obstáculos y los apeaderos. Lo que dejan permanece en ti, y se hace inmortal.
Arthur Schnitzler dijo que las despedidas siempre duelen, aun cuando haga tiempo que se ansíen. Decir adiós es parte de lo que a cada uno le toca vivir. Y después de cada despedida siempre queda un hueco, un vacío que debemos aprender a llenar, con nuevos compañeros y nuevas ilusiones. Nuevas alforjas para el resto del viaje.
TBB
Para Sergio.

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