¿Un adios?
Son la 1:17 de la mañana. Es jueves (bueno, la madrugada al viernes) y aquí estoy. Sin entender casi nada, ni a casi nadie, y con unas ganas locas de mandarlo todo a tomar por el culo.
¿Nunca habeís sentido ganas de alejarte de todo el mundo, de no volver a vivir la misma mierda de rutina?. Yo sí, y en demasiadas ocasiones.
A veces, me pregunto qué cojones estoy haciendo con mi vida, pues tengo la sensación de desperdiciar el 90% de mi tiempo. Quizás sea porque ahora no curro, pero cada día se incrementa la sensación de que estoy haciendo el gilipollas; por pretender hacer cosas que no me gustan y que hago sólo porque estoy astiado, cansado y tremendamente aburrido y desmotivado. 

¿Qué le doy demasiadas vueltas a la cabeza?, por supuesto, es bueno pensar, reflexionar y analizar; yo no me quiero aborregar ni estupidizar en asuntos superficiales y banales. No quiero caer en el error de dejarme llevar, de seguir la corriente. Me revelo contra lo que no me gusta, aunque a veces desearía hacerlo con más virulencia, sin tantas mariconadas ni tonterías, que cada día me parezco más al Flanders de los Simpson, y sus estúpidos diminutivos.
A veces tengo la impresión de sobrar, de no encajar, de ser tan distinto (que no diferente) de los demás, que no alcanzo a entender sus, a veces, estúpidos patrones de conducta. Puede ser más simple aún, y que lo que me pase es que no capte las indirectas, y que lo que la peña me da a entender es -Juan, tronco, desconecta y no me des más la brasa que me rayas. Ni me importa lo que me estés contando, ni lo que pienses, y paso de tu culo
Mi corazón me impulsa a ser diplomático, comprensivo y amable; mi cerebro me pide mandarlo todo a la mierda. Y es que, analizándo las cosas detenidamente, ¿qué recibo yo de los demás?. Alguno me podría decir, ¿qué das tú, Juan?. Pues bien, quizá la respuesta a esas dos preguntas sea que no recibo nada y que nadie recibe nada de mi porque no lo quiere.
Al fin y al cabo yo soy sólo un coñazo de tío que no se ha cogido una auténtica borrachera (sí, de esas que todo te parece el país de la piruleta, y todos tus colegas los mejores amigos del mundo, y todas las petardas de los bares las tías más interesantes del globo), ni se ha fumado un peta, ni se ha corrido una buena juerga, ni va con mujeres (ante las cuales, casi siempre, se encuentra intimidado y casi nunca alcanza a entender), ni hace deportes de riesgo porque los considera, efectivamente, arriesgados (yo habría valido para actuario de una compañía de seguros...), sino que prefiere hablar de cosas interesantes y trascendentes, ver una buena película y comer bien. 

Como es lógico y consecuente, para aquéllos pibes ensimismados, y enamorados de su ombligo, personas tan coñazo como yo quedan fuera de su órbita, y prefieren los amigos que les siguen la corriente y cuyos hígados son candidatos preferenciales a sufir una cirrosis; y aquéllas pibas cuya mayor preocupación es ver cuánto le engordan los tobillos, y cuyo hombre ideal es aquél que las pone a caldo en la cama, que es un tío estupendo ahora, pero que, en el futuro, se descubrirá como lo que es: un gañan sin cerebro que la pone los cuernos con la primera zorra que se le abre de piernas, e incluso que las pone un ojo morado tras volver a casa borracho, quedándoles, como único y estúpido consuelo, su frase favorita: todos los hombres sois unos cerdos.
Todas esas personas simples (que no sencillas) y complicadas (que no complejas) cuya única meta en la vida es ser cada día que pasa, si cabe, más egoístas, egocéntricos, estúpidos, acomplejados y enanos mentales, no las quiero en mi vida.
¿Radical?, no. ¿Dolido?, puede. ¿Escarmentado?, no, pues sigo cometiendo los mismos putos errores de toda mi puta vida, dando excesivo valor a ciertas personas, las cuales, a la larga, te demuestran ser más simples que un cubierto de plástico. Y lo que es peor, despreciando, olvidando y relegando a un segundo plano a personas que te valoran de verdad, y que, tal vez precisamente porque sabes que nunca te harán daño, abusas y te pasas tres pueblos con ellos. Eso tiene un nombre: cobardía.
Puede que aún no sea tarde para darme cuenta de estos errores, y que aún pueda cambiar mi rumbo antes de caer al vacío. Tengo en mente grandes planes, un gran futuro en el que muchos no estarán (eso espero) y otros si, los menos. Puede que haya llegado la hora de aprender a interpretar las señales, la hora de darme cuenta dónde no encajo y dónde sobro. Aún así, siempre te gustaría haber contado con un poco más de sinceridad y valentía por parte de ciertas personas, las cuales, como he dicho antes nunca sabrán valorar lo que, probablemente, estén a punto de perder...
Cuando he pensado que a veces, los trenes pasan una sola vez y que hay que saber que puede que no pasen de nuevo, puede que haya estado viendo las cosas desde el prisma equivocado, sin ser consciente que el tren soy yo y que son los demás quienes lo pierden. Es posible que sea así.
De este modo, puede que las cosas estén muy próximas a un (enésimo) cambio en mi vida. ¿A qué precio?, al que sea, no me importa lo que me me cueste ni lo que (ni quien) se quede en el camino, pues todo aquéllo que quede (y quien quede) atrás no será digno de ser tu compañero de viaje.
Esto va dedicado a tod@s los que no supieron valorar lo que en un momento de sus vidas el destino les brindó; a los que, en su momento, no fueron capaces de hacer un esfuerzo por conservar a alquien que sí les valoraba a ell@s . Entre ellos, me incluyo yo, como estúpido que, en un momento, fui.
A todos ellos, adios. A los que se quedan, bienvenidos!.
TBB

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