Poniendo en orden las cosas
"...Por un instante volvió a recordar esa ya familiar sensación de frustración. Se levantó, recogió el abrigo, y sin dar motivo alguno, salvo el habitual cansancio. Ya tenía acostumbrado a todo el mundo a justificar esos extraños comportamientos con cualquier excusa, pero sólo él sabía la verdadera razón de su proceder... La peor de las sensaciones es la de tener perdida la esperanza... Y ser consciente del enorme vacía que deja atrás la memoria. El sentimiento de pérdida, unido quizás a cierta desorientación que de ello se deriva hace mella. Bendita ignorancia, y bendita felicidad de los que dejan todo atrás para empezar de nuevo. Volver a empezar; volver a dejar de nuevo todo atrás empieza a vislumbrarse como la mejor, si no la única, alternativa...".
El mundo gira alrededor de dos fuerzas aún más poderosa aún que la gravedad. Son la ilusion y los incentivos. Ambas dependientes recíprocamente, entrelazadas en un mar de conexiones que hacen que la desaparición de una sea la condena de la otra. Y su influencia es determinante en las relaciones humanas, tanto económicas como personales.
El mecanismo de los incentivos contribuye a mantener el equilibrio de posiciones contractuales en relaciones jurídicas complejas, en las que el azar moral puede conllevar la antieconomicidad de las mismas. Pero ese mismo sistema de interrelación contribuye a consolidar también las relaciones personales, en las que se constituye como elemento primordial.
La existencia de incentivos genera ilusión. Los incentivos excitan el deseo de alcanzar las metas que nos planteamos, y generan la ilusión que sirve de combustible para generar la energía que nos mueve en ese objetivo.
Algo tan banal como el sexo responde a este esquema de incentivos-ilusión. Físicamente, el gasto energético, el esfuerzo corporal y el estres a que es sometido el cuerpo no sería rentable y posible si no fuese extremadamente placentero. Aquí, el placer, el disfrute y el gozo se convierten en el incentivo, condición sine qua non para el sexo, y la ilusión de hacerlo con determinada persona nos empuja sin dudas a ello.
La desaparición de los incentivos, y, con ellos de la ilusión determina el colapso del sistema. Desaparece el tarjet de nuestro ser, y pasamos a actuar de una manera cuasiautomática. El despertar se convierte en un mero trámite, y donde el último y el primer pensamiento eran la esperanza y la felicidad, se sustituyen por el desánimo.
Una porcentaje importante de los suicidios se deben a la desaparición de la ilusión. Es como si nuestro cuerpo no estuviese preparado para vivir sin esa energía. El alma se desvanece entre un mar de tristeza en la que no se atisvan las orillas. No hay puertos en los que parar a descansar, y la sensación de vacío invade el corazón.
Cuando la eseranza acaba, con ella se van las fuerzas para luchar, se convierte la existencia en un mero trámite, en el que la felicidad es efímera, casi una quimera.
Por ello, a veces nos resistimos a buscar nuevas ilusiones, nuevos incentivos. El dolor de un fracaso, el sufrimiento que provoca su pérdida no nos suele compensar. Suele pasar que el dolor de la pérdida es superior a la felicidad que causa el éxito, y es por eso por lo que nos resistimos a ser receptivos con nuevos estímulos.
En ocasiones, te terminas por acostumbrar -cuando no, te resignas- a no esperar nada. Es una situación dura, que no genera felicidad, pero en donde la curva del dolor tiene un punto de inflexión; aquél donde ya se sufre lo mismo, pero nunca más, y es por lo que te acomodas a una situación dolorosa con tal de no sufrir más.
Y en esta situación, trato de volver a poner en orden las cosas. Volver a un punto en el que no haya incentivos ni ilusiones, donde la monotonía presida el día a día, y donde los picos de felicidad/tristeza se sustituyan por una recta de resignación. No tener nada en qué pensar salvo lo que sea la rutina del día a día, y allí encontrar una razón buena para seguir luchando, aun sin esa ilusión o ese incentivo que lleva a la felicidad.
TBB

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